unforget, unforgiven

La fugacidad del tiempo, aunque traslúcida e intangible, a veces cae opaca sobre el suelo de mimbre. Los cimientos se rompen, la brecha se abre. Hay cicatrices que no se cierran nunca, aunque ya no duelen, palpables, como acariciar aire. Custodiado por las costillas, todavía envuelto en seda, el recuerdo que más duele sigue entre rejas. El pensamiento que aun late. La idea que murió prematura en su propia cuna sin decírselo a nadie. Pero persiste, vive en el tempo de un compás allegro que va demasiado rápido para el cardio, siempre tan lento. El hipocampo trastornado no puede seguir creando. Destruye lo que crea. Mata lo que nace. Porque todo es una espiral de ceniza azabache que envenena la cura que sólo sueña que se expande. Y arde. Arde la piel igual que el papel. Se borra la tinta como se borra la sangre. Se borra la expresión del mimo, y de la garganta la voz no sale. Dale al play, estoy en pause. En constante pause y replay mientras se rayan los surcos que dan papel a Contrain. Quita el mute, deja que hable. Desata la soga que corta mi aire. Los mensajes están en braile y yo sin fe. Veo lo que nadie ve. No veo lo que debería ver. Siento lo que no quisiera sentir. A veces de menos, a veces de más. Pinceladas a un óleo lleno, letras a un cuaderno lleno. Arrancar hojas, tirar el lienzo. Volver a empezar, partir de cero. Dejar de autoboicotear cada intento. Dejar al miocardio latir de nuevo. Buscar estabilidad, ya da igual si fuera o dentro. Tan fuera del resto como dentro del propio centro. ¿Cuál es la opción? ¿Introducirse en el estándar de la urbe o encerrarse en una ánfora dentro del propio ser que la consume?

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